Escribe Juan Luis Cebrián hoy en su editorial de El País que intentar acabar con la presente edición de la monarquía borbónica hispana sería un "suicidio colectivo", y me he sentido medio lemming, medio numantino. Estoy en completo desacuerdo con el miedo del académico. Pero lo comprendo perfectamente. Servidor, que tenía 5 años cuando murió Franco, no ha luchado ni sufrido por la libertad. Tampoco soy académico, pero puedo entender que muchos de mis mayores (y mejores) tengan pavor a un cambio del status quo. Sobre todo se entiende en miembros de instituciones que, después de todo, son Reales, como la Academia de la Lengua.
En su editorial, Cebrián cita a Cicerón (Pro domo sua, escrito por el abogado latino a ver si le devolvían la casa, como un deshauciado moderno) lo que no es de extrañar en alguien de su valía intelectual. Pero es significativo que lo haga en un texto dirigido a la opinión pública española, o al menos a los lectores del periódico más importante del país. Resulta halagador comprobar que Cebrián supoone a los españoles lo suficientemente capacitados para entender una referencia al pleito que tuvo el de los garbanzos (con todo el respeto que me suscitan la legumbre y el orador romano) con un mangante de nombre Clodio, hace dos milenios y varias décadas. Pero no entiendo cómo una sociedad tan apta que las caza al vuelo, aunque estén en latín, estaría al borde del suicidio si pretendiera sacudirse el yugo (constitucional, pero yugo) de la tutela de un miembro de la casa Borbón. Y hablando de casas, me permito retomar el pro domo suo ciceroniano para señalar que siempre serán los miembros de familias reales quienes más y con más ahínco practiquen el "tú barre para adentro, que así se medra".
lunes, 9 de junio de 2014
Cebrián, Cicerón y los lemmings
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