Criar en persona y a mano a los hijos es un trabajo artesanal. Además, es incompatible con la siesta. La patronal del sector no negocia, y es tremendamente tirana. A lo más que puede aspirar el trabajador es a una cabezadita a destiempo, en cuanto el patrono se termina el biberón de media mañana. Más tarde, ya crecidos, ni el dirigente sindical más avezado es capaz de convencerles de que a las 4 de la tarde en agosto hay que dormir la siesta, en vez de ir al parque. Desconozco la normativa europea al respecto, pero seguro que en Bruselas son conscientes del problema, y de su difícil, si no imposible solución.
Lo único que nos queda es aguantarnos, y abandonar toda esperanza: para cuando recuperemos el derecho a la siesta, ya estaremos mayores, y quizá insomnes crónicos.
Cuidar de la democracia es diferente. No necesita que se le cambien los pañales, como lo está necesitando ahora la española, a pesar de que ya no es tan joven (pero es que este olor no hay quien lo soporte) Tampoco hay que llevarla al parque infantil (es más, a la democracia habría que impedirle que se columpiara, que luego coge inercia y pararla en seco se hace peligroso). Pero lo que sí necesita la democracia es que renunciemos a la siesta, por muy sana, mediterránea, tradicional y maravillosa que sea. Porque si uno se duerme, los niños pueden hacer cualquier trastada. Los mayores, sobre todo los corruptos, ni te cuento.
viernes, 30 de mayo de 2014
La siesta y la democracia
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