viernes, 30 de mayo de 2014

La siesta y la democracia

Criar en persona y a mano a los hijos es un trabajo artesanal. Además, es incompatible con la siesta. La patronal del sector no negocia, y es tremendamente tirana. A lo más que puede aspirar el trabajador es a una cabezadita a destiempo, en cuanto el patrono se termina el biberón de media mañana. Más tarde, ya crecidos, ni el dirigente sindical más avezado es capaz de convencerles de que a las 4 de la tarde en agosto hay que dormir la siesta, en vez de ir al parque. Desconozco la normativa europea al respecto, pero seguro que en Bruselas son conscientes del problema, y de su difícil, si no imposible solución.
Lo único que nos queda es aguantarnos, y abandonar toda esperanza: para cuando recuperemos el derecho a la siesta, ya estaremos mayores, y quizá insomnes crónicos.
Cuidar de la democracia es diferente. No necesita que se le cambien los pañales, como lo está necesitando ahora la española, a pesar de que ya no es tan joven (pero es que este olor no hay quien lo soporte) Tampoco hay que llevarla al parque infantil (es más,  a la democracia habría que impedirle que se columpiara, que luego coge inercia y pararla en seco se hace peligroso). Pero lo que sí necesita la democracia es que renunciemos a la siesta, por muy sana, mediterránea, tradicional y maravillosa que sea. Porque si uno se duerme, los niños pueden hacer cualquier trastada. Los mayores, sobre todo los corruptos, ni te cuento.

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