Me crié en demasiados sitios. Mis padres no paraban de mudarse, siempre alquilados. Cuando tenía 6 años nos fuimos a vivir al extremo sur de la ciudad, a las 3.000 viviendas. Allí y en otros barrios que le siguieron había droga por todos lados. Mi padre me imponía tal miedo que jamás me atreví a probar ninguna de las que me ofrecieron. También veía jeriguillas en los bajos de los bloques de la barriada, o en los jardines deteriorados, y los yonquis que las habían dejado estaban siempre por mi plaza.
Una noche, tendría yo 10 años, me despertó mi padre a gritos preguntando que qué era un sobrecito de polvo blanco que había sobre la mesa de mi habitación. Le dije que era el pegamento en polvo que venía con el rompecabezas que los reyes me habían traído ese año, pero no se quedó muy convencido. Me ordenó a voces volver a la cama, pensé que hubiera deseado que aquello fuera farlopa, nada más que para tener razón, como siempre, en todo.
En el colegio sacaba sobresalientes en todo, y el año que obtuve una mezcla de sobresalientes y notables la bronca en casa fue tan tremenda que se extendió a mi madre, culpable de haberle dado un hijo estúpido, que a saber si era suyo, y a mi hermana y hermano mayores les cayeron palos porque sí, porque estaban allí presentes.Y esto fue el único año de mi EGB en que no obtuve todos sobresalientes. Era algo imprescindible, por muchas razones: porque necesitaba asegurarme un futuro que me permitiera salir de aquellos ambientes y barrios, porque con buenas notas aseguraba no añadir una pelea más a las muchas que graneaban nuestra vida gracias a la adolescencia senil de un padre de familia violento, machista, alcohólico y absolutamente pagado de sí mismo. Sin motivo para estarlo.